CHIMALHUACÁN: LA VIOLENCIA DESMIENTE EL TRIUNFALISMO OFICIAL
* La masacre familiar exhibe el abismo entre el discurso
oficial y la violencia que sigue golpeando al Estado de México
Por: EXPEDIENTE SECRETO
De acuerdo con los primeros reportes, una discusión entre
familiares escaló de manera fatal cuando un hombre, presuntamente pareja de uno
de los asistentes, sacó un arma de fuego y disparó contra varias personas antes
de darse a la fuga.
El ataque ocurrió en un inmueble ubicado en la intersección de
Prolongación Aldama y calle Aldama. Policías municipales acudieron tras una
llamada de emergencia y encontraron a tres personas gravemente heridas.
Paramédicos únicamente pudieron confirmar que Jesica, de 58 años; Jonathan, de
40; y Edgar, de 36, ya habían fallecido.
Sin embargo, más allá de la investigación criminal, el caso vuelve
a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para las autoridades estatales y
federales: ¿dónde está la seguridad que tanto presumen?
Hace apenas unos días, durante la conferencia matutina, la
presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y la gobernadora Delfina Gómez Álvarez
aseguraban que la estrategia de seguridad en el Estado de México está dando
resultados históricos y que los índices delictivos muestran una tendencia
favorable. No obstante, la masacre registrada en Chimalhuacán vuelve a
confrontar ese discurso con una realidad mucho más dolorosa.
Ninguna estadística puede borrar el hecho de que tres personas
fueron asesinadas en una reunión familiar. Ningún discurso puede devolverles la
vida ni explicar por qué un hombre armado pudo acabar con ellas y escapar sin
ser detenido en el momento.
Si bien este caso parece derivar de un conflicto entre
particulares, también evidencia problemas de fondo que siguen sin resolverse:
la facilidad con la que circulan armas de fuego, la persistente violencia letal
y la incapacidad del Estado para garantizar que hechos de esta naturaleza sean
prevenidos o que sus responsables enfrenten de inmediato a la justicia.
Cada crimen de alto impacto erosiona la confianza ciudadana en
las instituciones. Cuando desde el poder se insiste en hablar de éxito mientras
las familias siguen enterrando a sus seres queridos, el contraste resulta
inevitable y alimenta la percepción de una profunda desconexión entre el
discurso oficial y la realidad cotidiana.
La tragedia ocurrida en Chimalhuacán no es solo una carpeta de
investigación más. Es un recordatorio de que la seguridad pública no puede
medirse únicamente con cifras o conferencias de prensa. La verdadera evaluación
la hacen los ciudadanos en las calles, en sus hogares y en los espacios donde
deberían sentirse seguros. Y mientras episodios como éste continúen ocurriendo,
cualquier narrativa triunfalista seguirá siendo puesta a prueba por una
realidad que, lamentablemente, continúa escribiéndose con sangre.

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