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miércoles, 15 de julio de 2026

TEOTIHUACÁN BAJO LAS BALAS: OTRO ATAQUE CONTRA UN EXCANDIDATO EXHIBE EL FRACASO DE LA ESTRATEGIA DE SEGURIDAD EN EL EDOMEX

 

*José Marcial Arpide volvió a ser blanco de un atentado, cinco años después del ataque en el que fue asesinado su hijo. Mientras la violencia golpea nuevamente a un actor político, el discurso oficial sobre la disminución de los delitos enfrenta nuevos cuestionamientos.

 

Por: EXPEDIENTE SECRETO

 


TEOTIHUACÁN, Estado de México, 15 de julio de 2026.- La violencia volvió a estallar en el Estado de México y, una vez más, alcanzó a un personaje de la vida política sin que existan, hasta ahora, responsables detenidos.

 

José Marcial Arpide, excandidato de Movimiento Ciudadano a la presidencia municipal de Teotihuacán, fue atacado a balazos la tarde del martes cuando circulaba en una camioneta sobre la calle Jorge Jiménez Cantú, a escasos metros de la Catedral de Teotihuacán.

 

Sujetos armados interceptaron el vehículo y dispararon en repetidas ocasiones. En el lugar quedaron decenas de casquillos percutidos y la camioneta presentó múltiples impactos de bala en el costado izquierdo. El exaspirante resultó herido y fue trasladado a un hospital, mientras que otras dos personas también sufrieron lesiones: uno de sus acompañantes y un vecino que quedó atrapado en la línea de fuego.

 

Como ocurre una y otra vez en los hechos de alto impacto registrados en la entidad, la escena fue acordonada por policías municipales y estatales; peritos levantaron evidencias y comenzaron las investigaciones. Sin embargo, hasta el cierre de esta información no se había informado sobre personas detenidas.

 

El atentado cobra una dimensión aún más preocupante porque no se trata de un hecho aislado.

 

En 2021, José Marcial Arpide ya había sobrevivido a otro ataque armado. Aquella agresión terminó con el asesinato de su hijo, Sixto Arpide. Cinco años después, la historia parece repetirse en un municipio donde la violencia continúa imponiéndose sobre la capacidad del Estado para garantizar seguridad y justicia.

 

Este nuevo episodio vuelve a poner bajo la lupa la estrategia de seguridad del Gobierno del Estado de México.

 

Mientras la gobernadora Delfina Gómez Álvarez, el fiscal general José Luis Cervantes Martínez y el secretario general de Gobierno Horacio Duarte Olivares sostienen de manera reiterada que los delitos de alto impacto muestran una tendencia a la baja, los ataques armados, homicidios y agresiones contra personajes públicos continúan ocurriendo en distintos municipios mexiquenses.

 

Cada conferencia oficial presume estadísticas; cada Mesa de Coordinación para la Construcción de la Paz habla de avances; cada comunicado insiste en una disminución de la violencia. Sin embargo, para los ciudadanos que observan balaceras en plena vía pública, asesinatos casi diarios y atentados como el ocurrido en Teotihuacán, la percepción dista mucho del optimismo gubernamental.

 

La pregunta resulta inevitable: ¿de qué sirven las reuniones de seguridad si los hechos violentos continúan registrándose con la misma frecuencia y, en muchos casos, sin responsables capturados?

 

El atentado contra José Marcial Arpide no sólo representa un ataque contra una persona. También reaviva el debate sobre la eficacia de las instituciones encargadas de prevenir la violencia, investigar los delitos y garantizar condiciones mínimas de seguridad para la población.

 

La ciudadanía no evalúa una estrategia por el número de conferencias de prensa ni por los discursos oficiales. La juzga por los resultados. Y cuando un político sobrevive a un segundo atentado, después de haber perdido a un hijo en un ataque previo, resulta comprensible que vuelvan a surgir cuestionamientos sobre la capacidad del Estado para contener la violencia y esclarecer estos hechos.

 

Mientras las investigaciones continúan, permanece la exigencia de que las autoridades determinen si ambos ataques guardan relación y, sobre todo, de que el caso no se sume a la larga lista de expedientes sin una resolución clara. Porque detrás de cada cifra presentada en los informes oficiales hay víctimas, familias y comunidades que siguen esperando algo más que estadísticas. Exigen resultados.

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