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miércoles, 18 de marzo de 2026

SIMULACIÓN DE SEGURIDAD EN EL EDOMEX: CIFRAS INFLADAS, VIOLENCIA REAL

 

*Mientras el gobierno presume operativos y detenciones, ejecuciones, extorsiones y control criminal del agua exhiben un Estado rebasado

 

Por: EXPEDIENTE SECRETO

 



TOLUCA, Estado de México, 18 de marzo de 2026.- En el papel, todo parece funcionar. Operativos con nombres rimbombantes, cifras que superan las 400 detenciones y decomisos que buscan proyectar una estrategia integral contra el crimen. Pero fuera del boletín oficial, la realidad en el Estado de México cuenta otra historia: la violencia no cede, se adapta y, en muchos casos, se fortalece.

 

La narrativa impulsada por la gobernadora Delfina Gómez Álvarez, junto al secretario general de gobierno Horacio Duarte, así como el secretarios de seguridad Cristóbal Castañeda Camarillo y el fiscal José Luis Cervantes Martínez, insiste en vender eficacia. Sin embargo, en las calles —de Ecatepec a Nezahualcóyotl, Los Reyes la Paz, Chimalhuacán, Chicoloapan y de Texcoco, así como al sur mexiquense— la percepción ciudadana está lejos de coincidir con esos números.

 

Porque mientras el gobierno presume más de 400 detenciones en dos años, la pregunta es inevitable: ¿cuántos de esos detenidos eran realmente operadores clave del crimen y cuántos simples eslabones reemplazables? La delincuencia organizada no se desarticula con cifras acumulativas, sino con resultados sostenidos. Y esos no se ven.

 

Las llamadas “macrooperaciones” —Enjambre, Caudal, Restitución, Liberación— parecen más ejercicios de comunicación política que estrategias de fondo. Se anuncian cateos, aseguramientos e investigaciones, pero en paralelo crecen fenómenos que evidencian la fragilidad institucional:

 

Ejecuciones que no cesan, muchas con signos de ajuste de cuentas. Extorsión sistemática, donde comerciantes, transportistas y pequeños empresarios pagan cuotas de supervivencia. Cobro de derecho de piso generalizado, ya no como excepción, sino como regla en amplias zonas del estado. Control del agua por grupos criminales, un fenómeno particularmente grave que no podría sostenerse sin redes de complicidad.

 

El propio gobierno reconoce haber intervenido tomas clandestinas y pozos. Pero lo que no dice es lo esencial: el negocio del agua ilegal no es posible sin protección política y omisión institucional. Es decir, el problema no es solo criminal, es estructural.

 

La llamada Operación Enjambre, que presume detenciones de funcionarios, confirma lo que la ciudadanía ya sabe: la infiltración del crimen en las instituciones no es un caso aislado, sino un sistema. Y si hay 60 detenidos, la duda es cuántos más siguen operando con total impunidad.

 

En este contexto, los boletines oficiales se convierten en instrumentos de propaganda. Se repiten cifras, se duplican párrafos, se inflan resultados. Pero no logran ocultar lo evidente: el Estado no ha recuperado el control territorial.

 

Hoy, en muchas regiones del Estado de México, la autoridad formal convive —o cede— ante una autoridad paralela impuesta por grupos criminales. Ellos fijan precios, controlan servicios, deciden quién trabaja y quién no.

 

Y frente a eso, ningún número, ningún operativo y ningún boletín alcanza para sostener la narrativa de éxito.

 

Porque la verdadera medición no está en los comunicados oficiales, sino en una pregunta simple: ¿vive hoy más segura la gente?

 

La respuesta, en la mayoría del territorio mexiquense, sigue siendo un rotundo no.

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