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miércoles, 22 de abril de 2026

TEOTIHUACÁN: CRÓNICA DE UN DESASTRE ANUNCIADO

 

*Sin vigilancia, sin cámaras y con personal reducido: el sitio arqueológico operaba en condiciones críticas antes del ataque

 

Fuente: Héctor De Mauleón

 


TEOTIHUACÁN, Estado de México.– Lo que ocurrió el pasado 20 de abril en la zona arqueológica de Teotihuacán no fue un hecho aislado ni imprevisible. Fue, en realidad, la consecuencia directa de años de abandono, recortes y una estructura de seguridad prácticamente inexistente.

 

El deterioro ya había mostrado señales alarmantes desde tiempo atrás.

 

Al amanecer del 14 de diciembre de 2022, vigilantes descubrieron el cuerpo de Ximena Madrid, una mujer trans de 28 años, colgada de un árbol detrás de la Pirámide de la Luna. Había sido reportada como desaparecida dos días antes. Las autoridades concluyeron que se trató de un suicidio: afirmaron que ingresó de noche al sitio y se quitó la vida con una cuerda.

 

Sin embargo, el caso expuso una realidad inquietante: la facilidad con la que cualquier persona podía ingresar sin control a uno de los sitios arqueológicos más importantes del continente.

 

Teotihuacán, que recibe más de un millón y medio de visitantes al año y se extiende en 264 hectáreas, opera con una vigilancia mínima. De acuerdo con cifras oficiales, el resguardo recae en apenas 65 custodios del INAH y 30 policías auxiliares. Pero esa cifra, según denuncias internas, es todavía menor.

 

En marzo pasado, José Vidal Dzul, dirigente sindical de la Secretaría de Cultura, reveló que los recortes redujeron el número de custodios de 80 a solo 33.

 

Trabajadores del sitio describen un panorama aún más grave: los custodios se limitan a tareas básicas en accesos y orientación, mientras la vigilancia real recae en una policía auxiliar insuficiente. La Guardia Nacional, aunque presente en los accesos, es señalada por su pasividad.

 

El abandono tecnológico es total. No hay cámaras de seguridad. Los sistemas de alarma dejaron de funcionar hace años. Estacionamientos sin vigilancia efectiva reportan robos constantes, incluidos vehículos.

 

Tampoco existe capacidad de respuesta ante emergencias. Ni personal médico ni protocolos básicos para atender accidentes, pese a que las caídas en las estructuras son frecuentes.

 

En ese contexto, el ataque del 20 de abril no solo era posible: era cuestión de tiempo.

 

Según documentos de la fiscalía del Estado de México, el agresor, Julio César Jasso Ramírez, de 27 años, llevaba semanas planeando el ataque. Obsesionado con masacres y convencido de recibir órdenes de una entidad “que no es de esta tierra”, se alojó desde el 8 de abril en el Hotel Villa Meztli, donde pagó por adelantado 12 noches.

 

Había visitado previamente la zona arqueológica en al menos dos ocasiones.

 

El 20 de abril, poco después de las 11:00 de la mañana, ingresó al sitio con una mochila táctica. Llevaba un cuchillo, municiones —dos cajas de 50 cartuchos marca Águila encontradas después vacías en su habitación— y una imagen generada por inteligencia artificial en la que se colocaba junto a los autores de la masacre de Columbine.

 

A las 11:20 horas, en la cima de la Pirámide de la Luna, tomó rehenes y comenzó a disparar.

 

Eligió a turistas extranjeros. Algunos mexicanos fueron dejados en libertad. En total, realizó alrededor de 35 disparos: una persona murió y 13 más resultaron heridas.

 

El atacante se suicidó.

 

Todo ocurrió en uno de los principales escaparates turísticos del país.

 

Todo ocurrió a 52 días del arranque de la Copa Mundial de la FIFA 2026, con la cercana Ciudad de México como sede.

 

Más que un hecho aislado, lo sucedido en Teotihuacán exhibe una negligencia sistemática. Un sitio histórico de valor incalculable, convertido en territorio vulnerable por la falta de inversión, supervisión y responsabilidad institucional.

 

La tragedia no sorprendió.

 

Fue ignorada.

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