ESTADO REBASADO: LA NUEVA FAMILIA MICHOACANA OPERA SIN FRENO
Por: EXPEDIENTE SECRETO
El secuestro del alcalde de Taxco, Juan Andrés Vega Carranza,
y de su padre, no es un hecho aislado: es un mensaje directo del crimen
organizado que exhibe quién tiene el control real del territorio. Y aun así, la
respuesta institucional sigue siendo tibia, reactiva y, peor aún, ineficaz.
Resulta insostenible que, después de más de dos décadas de
operaciones criminales, los líderes de este grupo, Johnny Hurtado Olascoaga y José
Alfredo Hurtado Olascoaga, continúen en libertad. No se trata de desconocidos:
las propias autoridades federales han documentado sus movimientos, sus redes
familiares, sus operadores, sus rutas criminales y hasta su expansión
territorial. Lo saben todo, menos cómo detenerlos.
La responsabilidad recae, en primer término, en el fiscal
general del Estado de México, José Luis Cervantes Martínez, cuya gestión ha
sido incapaz de contener la expansión criminal en una de las entidades más
importantes del país. La violencia, las ejecuciones, las extorsiones y ahora el
control de recursos estratégicos como el agua, avanzan sin freno mientras la
Fiscalía permanece rebasada o, peor aún, ausente.
La gobernadora Delfina Gómez Álvarez tampoco puede evadir su
responsabilidad. Su administración ha permitido que regiones completas del
estado, particularmente el sur y el oriente, queden bajo la sombra del crimen
organizado. La promesa de transformación se diluye frente a una realidad donde
los grupos criminales no solo operan, sino que imponen condiciones, controlan
economías locales y, de acuerdo con autoridades federales, incluso influyen en
procesos políticos.
Pero el problema no termina en el ámbito estatal. El gobierno
federal, pese a contar con inteligencia militar, seguimiento permanente y hasta
el respaldo internacional —como las millonarias recompensas ofrecidas por
Estados Unidos—, tampoco ha logrado ejecutar capturas clave. La incapacidad
para detener a estos objetivos prioritarios no solo debilita la credibilidad
institucional, sino que fortalece la percepción de que hay territorios donde la
ley simplemente no existe.
La diversificación criminal de este grupo —narcotráfico,
extorsión, minería ilegal, robo de combustible y ahora el control del agua—
demuestra una evolución que las autoridades no han sabido frenar. El reciente
secuestro de Rogelio Poblete Zamora confirma que el crimen organizado no solo
disputa territorios, sino sectores estratégicos que generan poder económico y
político.
La pregunta ya no es qué está pasando. La pregunta es hasta
cuándo las autoridades —estatales y federales— seguirán permitiendo que una
organización criminal actúe con este nivel de impunidad. Porque cada día que
pasa sin resultados, no solo crece el poder de estos grupos: se reduce,
peligrosamente, la autoridad del Estado mexicano.

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