LA MÁSCARA DEL DESPOJO: ANTORCHA CAMPESINA
Y EL ARTE DE LA VICTIMIZACIÓN
*Mientras el Movimiento Antorchista se victimiza en los medios
y simula respeto por la academia, la comunidad universitaria padece la pérdida
de su patrimonio experimental por métodos de despojo que la sociedad mexiquense
conoce y repudia desde hace décadas
Por: EXPEDIENTE SECRETO
Para defenderse, la dirigencia antorchista ha echado mano de
minucias técnicas y de la identificación de actores políticos rivales —en este
caso, un diputado federal de Morena— para asegurar que ellos no tienen las
manos metidas en el conflicto de Ixtapaluca. Argumentan que el diario utilizó
testimonios anónimos y que la comunidad universitaria no está plenamente
informada. Sin embargo, lo que este grupo parece olvidar es que, en el tribunal
de la opinión pública, los antecedentes pesan más que un desmentido de
coyuntura.
Para la ciudadanía del Estado de México, el modus operandi
denunciado en Chapingo no resulta ajeno ni inverosímil; al contrario, retrata a
la perfección el sello de la casa. Durante décadas, la historia de esta
organización ha estado indisolublemente ligada a la lotificación irregular, la
toma violenta de terrenos, el control corporativo del transporte y el comercio
popular, y la asfixia de administraciones locales mediante plantones y marchas
multitudinarias.
Por eso, mientras Antorcha Campesina se rasga las vestiduras
exigiendo pulcritud periodística, la sociedad civil se planta ante una
interrogante mucho más profunda y dolorosa: ¿Quién les restituye los daños a
los miles de ciudadanos afectados por sus métodos a lo largo de los años?
Detrás de cada gran movilización de la organización existe una
estructura clientelar que ha lucrado sistemáticamente con la necesidad de los
más vulnerables. Es un secreto a voces el cobro de cuotas obligatorias a los
agremiados y las multas económicas o el retiro de apoyos para aquellos que se
niegan a asistir a los mítines como carne de cañón. El dinero del erario público
que fluyó hacia sus arcas durante el apogeo del viejo régimen no se tradujo en
un cambio para la gente más pobres, sino en la consolidación de una cúpula de
dirigentes que hoy viven con lujos dignos de virreyes, completamente
divorciados de la realidad de sus bases.
Hoy en día, el discurso antorchista de "defensa de los
desamparados" suena hueco, desgastado y paradójicamente similar a la
retórica oficialista que tanto combaten: una narrativa que promete redención
social pero que solo perpetúa la dependencia. La ciudadanía ya no cree en esas
marchas de trescientas personas que pretenden imponer verdades absolutas por la
fuerza del número.
La disputa por las hectáreas de Chapingo terminará por
resolverse en los tribunales o en las páginas de aclaraciones, pero el
verdadero juicio ya ocurrió en las calles. Antorcha Campesina puede ganar un
espacio de réplica en un periódico, pero difícilmente recuperará la legitimidad
perdida ante una sociedad que ya aprendió a distinguir entre la auténtica lucha
social y el negocio del despojo institucionalizado.

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