CISMA EN LA 4T: SCHERER Y RAMÍREZ CUEVAS DESATAN GUERRA DE ACUSACIONES QUE SALPICA A PALACIO
*Dos exhombres de máxima confianza de López Obrador se acusan
de corrupción y vínculos criminales; la “unidad del movimiento” cruje desde
dentro
Por: EXPEDIENTE SECRETO
La respuesta del exvocero presidencial y actual coordinador de
Asesores de la presidenta Claudia Sheinbaum, Jesús Ramírez Cuevas, a las graves
acusaciones vertidas en su contra en el libro “Ni venganza ni perdón” de Julio
Scherer Ibarra, no solo no apaga el fuego: confirma el cisma que atraviesa al
lopezobradorismo.
No se trata de adversarios políticos ni de voces opositoras.
Son dos de los hombres que estuvieron en el círculo más cercano del
expresidente Andrés Manuel López Obrador. Dos piezas clave del engranaje de
poder de la llamada Cuarta Transformación que hoy se señalan mutuamente de
conductas que, de probarse, implicarían corrupción, tráfico de influencias y
hasta vínculos con el huachicol.
Scherer sostiene en su libro que Ramírez Cuevas aparece
mencionado en expedientes judiciales de Estados Unidos por su presunto vínculo
con el empresario huachicolero Sergio Carmona Angulo. Afirma que habría sido él
quien lo acercó al entonces presidente López Obrador y al dirigente nacional de
Morena, Mario Delgado, para convertirlo en presunto financiador de campañas
morenistas en distintos estados, aportando recursos ilícitos a candidatos a
alcaldías, diputaciones e incluso gubernaturas.
Del otro lado, Ramírez Cuevas responde descalificando a
Scherer como “un abogado que salió del gobierno en medio de señalamientos de
tráfico de influencia y de extorsión”. Se presenta como un “convencido luchador
de izquierda” y exige pruebas. Pero en su defensa pública no aporta evidencia
que desmonte puntualmente las imputaciones ni presenta documentación que
respalde sus propias acusaciones contra el exconsejero jurídico.
La paradoja es evidente: quien durante el sexenio pasado fue
operador central de la narrativa oficial y promotor de campañas de descrédito
contra periodistas críticos, hoy exige pruebas mientras descalifica sin
mostrarlas. Y mientras niega la existencia de una “guerra civil” dentro de la
4T, acusa que el libro de Scherer es un “intento de ataque contra el
movimiento” y contra López Obrador y Sheinbaum. Si no hay fractura interna,
¿por qué el intercambio de acusaciones entre dos figuras tan cercanas al poder?
No es un detalle menor. Ramírez Cuevas fue el ideólogo del
discurso presidencial, el encargado de la confrontación permanente con medios y
críticos. Scherer, por su parte, operaba la relación política y jurídica con el
Poder Judicial. Ambos tuvieron influencia directa y constante sobre el
expresidente. Que hoy se acusen de corrupción y vínculos criminales no solo los
exhibe a ellos: proyecta sombras sobre el gobierno que integraron.
El contexto tampoco es inocente. Las tensiones con Estados
Unidos, las investigaciones judiciales en ese país que presuntamente tocan a
figuras del morenismo, la disputa anticipada por candidaturas rumbo a 2027 y
los reacomodos que la presidenta Sheinbaum ha comenzado a realizar, están
acelerando las fracturas internas. Lo que durante años se sostuvo con la figura
dominante de López Obrador comienza a resquebrajarse.
Durante el sexenio pasado se insistió en que la 4T era un
movimiento unido por principios, no por intereses. Sin embargo, la acumulación
de poder sin contrapesos reales parece estar produciendo el fenómeno anunciado:
ante la debilidad de la oposición externa, las tribus internas empiezan a
convertirse en los verdaderos adversarios.
A los señalamientos por fallas, negligencias y sobrecostos en
megaproyectos, a las denuncias de enriquecimientos inexplicables y a los
escándalos que han rodeado a figuras del oficialismo, ahora se suma esta
confrontación directa entre dos exfuncionarios de altísimo nivel. Y en el
trasfondo inevitable aparece la pregunta incómoda: ¿qué tanto sabía y permitió
el liderazgo que los cobijó?
La narrativa de la “transformación moral” enfrenta así una
prueba interna más severa que cualquier crítica opositora. Porque cuando las
acusaciones surgen desde el corazón mismo del poder, el daño político no proviene
de fuera: nace desde adentro. Y, esa es la fractura más peligrosa.
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