LA REFORMA ELECTORAL DE SHEINBAUM FRACTURA A LA
4T Y DESATA EL CHANTAJE DE SUS ALIADOS
*PT y PVEM se rebelan, exigen gubernaturas y exhiben la
debilidad de Morena para imponer cambios constitucionales
Por: EXPEDIENTE SECRETO
TOLUCA. Estado de México, 19 de enero de 2026.- La rebelión en la granja legislativa de la llamada 4T exhibe una verdad incómoda para el oficialismo: el poder de Morena es amplio, pero no absoluto, y su pretendida disciplina política se diluye cuando los aliados dejan de sentirse convidados. El rechazo abierto del PT y del PVEM a la reforma electoral impulsada desde Palacio Nacional no es un accidente ni un malentendido: es el resultado de una lógica de imposición que ha sustituido al diálogo y el consenso por el “pastoreó” legislativo y la negociación en lo oscurito.
La presidenta Sheinbaum, lejos de construir acuerdos previos,
optó por enviar a sus operadores de Gobernación y a los líderes parlamentarios
de Morena a apagar el incendio que ella misma provocó. El problema es de
origen: una reforma constitucional de alto calado, diseñada por una comisión
presidencial encabezada por Pablo Gómez, que nunca consultó ni tomó en cuenta a
los partidos aliados de la 4T, y mucho menos a los de oposición, pese a que,
sin sus aliados, la iniciativa está condenada a nacer muerta. Morena, por sí
solo, no tiene la mayoría calificada y hoy paga el costo de su soberbia
política.
El caso del PVEM es especialmente revelador. El rechazo
frontal de su senador Adán Augusto López como interlocutor no sólo es un
desaire personal, sino una señal clara de que el Verde se niega a seguir siendo
tratado como fuerza subordinada. Las declaraciones de Luis Armando Melgar,
senador del Verde, dejan ver un hartazgo profundo: aliados en campaña, pero
ignorados en las decisiones; útiles para sumar votos, pero relegados cuando se
reparte el poder real. Esa fractura no es menor y marca un precedente peligroso
para la estabilidad de la coalición oficialista.
Mientras tanto, el PT y el Verde hacen lo que Morena les
enseñó a hacer: convertir el poder legislativo en moneda de cambio. Las
“condiciones” que se filtran desde las mesas de negociación —gubernaturas,
candidaturas estratégicas y concesiones políticas de alto costo— confirman que
la reforma electoral no se discute por convicción democrática, sino como parte
de un vulgar regateo. Cinco gubernaturas a cambio de una reforma que ni es
urgente ni necesaria es un precio político desproporcionado, que desnuda el
verdadero interés detrás del proyecto.
La paradoja es brutal: el oficialismo ya controla el
Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial y tiene mayorías cómodas en los órganos
electorales. El INE y el Tribunal Electoral federal, que difícilmente se
enfrentes hoy con un contrapeso real. ¿Para qué, entonces, una reforma
electoral? La respuesta parece menos institucional y más obsesiva: reconfigurar
las reglas aun cuando el tablero ya está inclinado a favor de Morena, aunque
eso implique dinamitar la alianza que los llevó al poder.
Todo esto ocurre, además, en un contexto internacional
adverso, con presiones crecientes desde Estados Unidos y amenazas reales a la
soberanía nacional. Pero mientras el mundo arde, la presidenta prefiere verse al
espejo y agitar el avispero interno, enfrentándose con sus propios aliados por
una iniciativa que no logra ni siquiera el consenso del bloque gobernante. La
4T, que prometió una nueva forma de hacer política, hoy revive las peores
prácticas del viejo régimen: chantaje, cuotas y negociaciones de sangre. Y como
bien lo entienden el Verde y el PT, en esta historia, quien quiera miel, tendrá
que pagarla muy cara.
A propósito de Pablo Gómez, no son pocas las voces
importantes, dentro de la 4T, empezando por las de diputados y senadores de la
cúpula, que lo culpan del mal ambiente que ha generado la reforma electoral,
además de la rebelión de los partidos aliados, porque “su carácter soberbio y
altanero”, dicen los mismos morenistas, no ayudó mucho a que se socializara y
se incluyera a un sector más amplio en las consultas y discusiones sobre el
contenido de dicha reforma.
El estilo que con los años ha desarrollado Gómez, uno de los
primeros beneficiarios de la apertura política y democrática hacia las
minorías, prepotente, soberbio y altanero, no le sirvió de mucho a la
presidenta al designarlo como el titular de su comisión que se encargaría de
reunir y redactar las propuestas de cambio al sistema electoral.

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