EL ORO: EL COLAPSO DE UN MUNICIPIO MORENISTA Y LA SOBERBIA DEL PODER
*El Oro, ejemplo del desgaste de la 4T: presupuesto como botín
y ciudadanía harta de abusos
Por: EXPEDIENTE SECRETO
TOLUCA, Estado de México, 21 de enero de 2026.— Lo que ocurre
en El Oro ya no es una diferencia política ni un conflicto administrativo
menor: es el retrato de un municipio al borde del colapso institucional,
gobernado con autoritarismo, opacidad y desprecio por la ley. La intervención
del Gobierno del Estado de México no fue un gesto de buena voluntad, sino la
confirmación de que la crisis estalló y rebasó todos los límites.
Que el secretario general de Gobierno, Horacio Duarte, haya
tenido que sentarse con la alcaldesa morenista Juana Elizabeth Díaz Peñaloza
para “revisar la situación” y abrir diálogo, es la prueba más clara del fracaso
de su administración. La bomba no solo explotó: dejó al descubierto un
Ayuntamiento paralizado, enfrentado internamente y sin capacidad para
garantizar lo más básico a la población.
Cinco regidores y el síndico municipal no acudieron a los
medios por capricho político. Lo hicieron después de constatar que El Oro vive
una situación de ingobernabilidad: sin agua potable, con el alumbrado público
apagado durante semanas y con la recolección de basura prácticamente detenida.
Todo ello, bajo la mirada pasiva —cuando no cómplice— de una presidenta
municipal que ha optado por imponer decisiones unilaterales en lugar de
gobernar conforme a la ley.
El Artículo 115 constitucional es claro: los municipios están
obligados a garantizar agua, alumbrado y limpia. En El Oro, esos derechos han
sido vulnerados de manera sistemática. El desabasto de agua comenzó desde
noviembre de 2025, cuando trabajadores del organismo operador estallaron una
huelga por falta de pago. Desde entonces, el servicio es irregular, errático y
humillante para la población.
En diciembre, el municipio se sumió en la oscuridad. Varias
semanas sin alumbrado público golpearon al comercio y al turismo en plena
temporada alta. El Oro, Pueblo Mágico y punto estratégico para el avistamiento
de la mariposa monarca, vio desplomarse su actividad económica mientras el
gobierno municipal demostraba una alarmante incapacidad para resolver lo
elemental.
Pero el desastre no termina en los servicios. Al caos
operativo se suma un grave desorden financiero y administrativo. Intentos de
destitución del tesorero, del oficial mayor y de otros directores sin la
aprobación del Cabildo; nombramientos de encargados de despacho sin sustento
legal; y sesiones de Cabildo realizadas sin el sello del secretario del
Ayuntamiento, poniendo en duda su validez jurídica. Es decir, un gobierno que
actúa fuera de la norma y que erosiona deliberadamente la legalidad.
La acusación más delicada es directa: se le quitó el control
del token al tesorero municipal, usurpando funciones que por ley le
corresponden. “Se están usurpando funciones”, denunciaron el síndico Ubaldo
Velázquez y los regidores Agustín Bastida, Melissa González, Fernanda
Gutiérrez, Erika Rodríguez y Dolores González. No es un señalamiento menor: es
la base de cualquier posible desvío o manejo discrecional de los recursos
públicos.
A ello se suma una denuncia formal por presuntas
irregularidades en la Hacienda municipal, específicamente por montos que no habrían
ingresado a la Tesorería pese a estar contemplados en la Ley de Ingresos.
Transparencia cero, rendición de cuentas inexistente.
El punto más crítico llegó entre el 19 de diciembre y el 7 de
enero, cuando regidores y funcionarios denunciaron que se les impidió el acceso
a las oficinas del Ayuntamiento, incluso con presencia de fuerza pública.
Oficinas cerradas por orden de la alcaldesa, imposibilidad de retirar sellos
oficiales y un ambiente descrito como de “autoritarismo total”. No es gobernar:
es clausurar la vida institucional del municipio.
Y mientras el Cabildo buscaba una salida legal, incluso
presentando una propuesta de destitución ante el Congreso local con
acompañamiento inicial del Gobierno estatal, el proceso se estancó. ¿La razón?
La presidenta municipal desconoció los acuerdos y, según el síndico, llegó a
afirmar que “no recibe órdenes de ningún secretario ni de la gobernadora”. Una
declaración que, de confirmarse, revela no solo soberbia, sino un abierto
desafío al orden constitucional del Estado de México.
Como si el deterioro institucional no fuera suficiente, los
regidores denunciaron haber recibido llamadas con amenazas y solicitaron
protección. El conflicto dejó de ser administrativo y entró en un terreno
peligroso, donde la intimidación sustituye al diálogo y la ley.
Las manifestaciones recientes frente al Palacio de Gobierno
municipal no fueron, según los ediles, producto de grillas partidistas. Son el
reflejo de una ciudadanía harta de la ingobernabilidad, del abandono y de un gobierno
que no escucha ni resuelve.
El Oro hoy es un ejemplo incómodo para Morena y para el
discurso oficial de “buen gobierno”. Un municipio sin servicios, sin legalidad
y sin rumbo, gobernado desde la cerrazón y la imposición. La pregunta ya no es
si el Ejecutivo estatal debe intervenir, sino hasta cuándo permitirá que la
soberbia de una alcaldesa siga hundiendo a un municipio entero.
A este escenario de caos se suma un patrón que ya resulta
familiar en los gobiernos emanados de Morena: la idea de que el presupuesto
público es propiedad del grupo en el poder. En El Oro, como en muchos otros
municipios gobernados por la llamada 4T, la administración actúa como si los
recursos no pertenecieran a la ciudadanía, sino a una camarilla política que
decide, dispone y oculta sin rendir cuentas.
No es casualidad que la molestia social haya escalado a
manifestaciones públicas en las que los habitantes han exigido abiertamente la
destitución de la presidenta municipal. Aunque los cargos de elección popular
son legalmente irrevocables, las protestas son un termómetro inequívoco: la
gente está harta de los abusos, de la soberbia y del saqueo disfrazado de
“transformación”.
El mensaje ciudadano es claro: El Oro no está en crisis por
falta de recursos, sino por un gobierno que perdió el rumbo, que cerró las
puertas al diálogo y que gobierna de espaldas a la población. La narrativa
oficial se desmorona cuando no hay agua, cuando el municipio queda a oscuras,
cuando la basura se acumula y cuando el dinero público se maneja con opacidad.

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