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martes, 7 de abril de 2026

HIGINIO MARTÍNEZ: EL POLÍTICO QUE NO ROMPE, PERO TAMPOCO SE VA


*El senador texcocano apuesta por la permanencia como forma de poder, en medio de su creciente desplazamiento dentro de Morena

 

Por: EXPEDIENTE SECRETO

 



TOLUCA, Estado de México, 6 de abril de 2026.- En la política mexiquense hay figuras que se definen por sus triunfos y otras por sus derrotas. Higinio Martínez Miranda no encaja en ninguna de esas categorías. Pertenece a una más compleja: la de quienes han hecho de la permanencia su verdadera estrategia, a cualquier costo y bajo cualquier circunstancia.

 

No importa el partido, el régimen o el momento político. En su trayectoria, lo esencial ha sido “estar”. Y ese estar, que en apariencia podría parecer virtud, en realidad es un método pulido durante décadas. Martínez Miranda no ha sido el hombre de las rupturas, sino el que sobrevive a todas sin dejar de disputar espacios. Un político que se acomoda, que calcula y que, para muchos, refleja una obsesión constante por el poder.

 

Lejos de ser considerado un ideólogo de la izquierda mexiquense o un disidente dentro de Morena, Higinio se perfila más como un operador de larga data. A lo largo de su carrera, ha tejido acuerdos tanto con gobiernos priistas como con grupos muy polémicos, chantajista y de choque, como Antorcha Campesina, privilegiando siempre la posición sobre los principios. Su lógica política no responde a convicciones, sino a su cercanía con los centros de poder.

 

Durante años, dentro del sistema político priista del Estado de México, su perfil no sólo era comprensible, sino funcional. Dominaba la negociación cupular, el control territorial y la acumulación silenciosa de “dinero y poder”. Sin embargo, la irrupción de Morena alteró ese equilibrio. La reconfiguración política terminó por reducir su centralidad y, con ello, su margen de maniobra.

 

Hoy, el político que estaba acostumbrado a liderar enfrenta un desplazamiento evidente. No ha sido expulsado, pero sí contenido. No ha sido derrotado abiertamente, pero tampoco se le concede lo que considera propio: la candidatura al gobierno del Estado de México.

 

Cercanos al senador aseguran que, ante el desvanecimiento de su aspiración a la gubernatura, ha crecido en él un profundo resentimiento. Un malestar crónico que se refleja en sus recientes críticas hacia la dirigencia nacional de Morena, así a el gobierno federal e incluso contra la administración estatal encabezada por la gobernadora Delfina Gómez, así como en contra del secretario general de gobierno, Horacio Duarte, a quienes en otro momento consideró cercanos.

 

Sin embargo, sus posicionamientos no representan una ruptura con el sistema ni con su partido. Más bien, responden a un mecanismo que le ha funcionado durante años: el chantaje político como herramienta de presión para reposicionarse en la disputa por el poder.

 

Cuando Martínez Miranda afirma que su relación con la gobernadora es de “coordinación, no subordinación”, no plantea una postura democrática, sino una delimitación de poder. Es la expresión de un actor que se resiste a diluirse y a convertirse en un cuadro disciplinado.

 

En ese comportamiento se revela el rasgo más constante de su carrera: la incapacidad de asumir la periferia. Para él, quedar fuera del centro de decisiones no es una transición natural, sino una anomalía que debe corregirse mediante la crítica, el desmarque y la presencia constante.

 

Sus recientes cuestionamientos a Morena no son, en ese sentido, la voz de una conciencia crítica interna, sino la de un actor que se niega a desaparecer. No defiende una idea de partido, defiende su lugar dentro de él.

 

Esto conduce a una conclusión incómoda: el valor que guía su conducta no es la transformación ni la coherencia ideológica, sino la permanencia como forma de poder. Todo lo demás —discursos, críticas, distancias— son instrumentos para no quedar fuera del tablero.

 

De ahí que el apodo que lo ha acompañado durante años, “Priiginio”, cobre sentido no como insulto, sino como categoría política. No por su militancia, sino porque su forma de operar se entiende mejor dentro de la lógica del viejo régimen: negociación antes que ruptura, adaptación antes que confrontación y preservación antes que cambio.

 

La paradoja es clara. Un movimiento que se asume como ruptura convive con actores cuya esencia es la continuidad. Y mientras esa tensión no se resuelva, Morena seguirá atrapado entre la crítica que incomoda y la permanencia que, lejos de ser lealtad, responde a una estrategia de poder.

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