FRACASA ESTRATEGIA DE SEGURIDAD EN EL ORIENTE DEL EDOMEX; CAMBIAN AL MANDO ENTRE VIOLENCIA DESBORDADA
Por: EXPEDIENTE SECRETO
TOLUCA, Estado de México, 2 de abril de 2026.– Aunque intenten
negarlo desde el discurso oficial, la realidad terminó por imponerse: la
estrategia de seguridad en la Zona Oriente del Estado de México fracasó. La
salida del general Alejandro Alcántara Ávila del Mando Unificado no es un
simple relevo administrativo, es la admisión tácita de un gobierno rebasado por
la violencia.
Bajo su gestión, los municipios más poblados y conflictivos
del oriente mexiquense se hundieron en una espiral de crímenes, extorsiones y
narcomenudeo que creció sin control. La promesa de coordinación entre el
gobierno federal y la administración estatal encabezada por la morenista
Delfina Gómez Álvarez quedó reducida a propaganda, mientras en las calles la
inseguridad se convirtió en norma.
El relevo llega con el nombramiento de Raúl Martínez González,
general brigadier de la Guardia Nacional Estado Mayor, quien asume el mando en
medio de un escenario crítico. No recibe una estrategia consolidada, sino un
territorio incendiado por la violencia y una ciudadanía harta de promesas
incumplidas.
El llamado Mando Unificado, que pretendía articular esfuerzos
entre el estado y 15 municipios —Chalco, Chicoloapan, Chimalhuacán, Coacalco,
Cuautitlán, Cuautitlán Izcalli, Ecatepec, Ixtapaluca, Naucalpan,
Nezahualcóyotl, Tecámac, Texcoco, Tlalnepantla, Tultitlán y La Paz— terminó
siendo un experimento fallido. Lejos de reducir los índices delictivos, estos
territorios se consolidaron como focos rojos donde la criminalidad opera con
una impunidad alarmante.
Particularmente grave es el caso de La Paz, donde el
denominado “cogobierno” encabezado por la alcaldesa Martha Guerrero y su
esposo, Tranquilino Lagos Buenabad, ha derivado en uno de los escenarios más
sangrientos de la región. Ahí, los asesinatos brutales de mujeres y menores han
encendido las alarmas, aunque no así la indignación de las autoridades locales,
que han optado por el silencio y la simulación.
La salida de Alcántara Ávila no solo evidencia su incapacidad
para contener la ola de violencia, sino también la fragilidad de una estrategia
federal que, en los hechos, ha sido incapaz de devolver la paz a una de las
zonas más densamente pobladas del país.
Hoy, el cambio de mando intenta venderse como un ajuste necesario,
pero en el fondo es un reconocimiento de derrota. La pregunta que queda en el
aire es si este relevo será suficiente para revertir la crisis o si, como ha
ocurrido hasta ahora, solo servirá para ganar tiempo mientras la violencia
sigue cobrando vidas.
En el oriente mexiquense, la realidad es contundente: la
seguridad no llegó, la estrategia falló y los ciudadanos siguen pagando el
precio.

