DEFENSA DE LA SOBERANÍA NACIONAL: CUANDO EL PATRIOTISMO
SE CONVIRTIÓ EN BOTÍN POLÍTICO
* Las asambleas convocadas para respaldar la
soberanía nacional terminaron convertidas, en una disputa entre los grupos de
Higinio Martínez y Horacio Duarte por el control territorial y rumbo a la
sucesión mexiquense de 2029
Por: EXPEDIENTE SECRETO
Hace aproximadamente tres meses, en medio de un
contexto de alta tensión política derivado de señalamientos y controversias
públicas que involucran a personajes, en el que el gobierno de Estados Unidos, pidió
la detención con fines de extradición del gobernador de Sinaloa Rubén
Rocha Moya, el senador Enrique Inzunza Cázarez, así como de otros funcionarios
públicos del mismo gobierno por vínculos con el crimen organizado.
Morena respondió convocando a una serie de
asambleas para la defensa de la soberanía nacional. La convocatoria encontró
respaldo en el discurso de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, quien desde
la conferencia matutina fijó una postura institucional resumida en dos frases
que rápidamente se convirtieron en lema: "Colaboración sí, subordinación
no" y "A México se le respeta".
La idea, al menos en el discurso, era convocar a
los mexicanos a cerrar filas frente a cualquier intento de injerencia
extranjera. Sin embargo, conforme avanzaron las semanas, el concepto mismo de
soberanía comenzó a diluirse entre discursos improvisados, mensajes
desarticulados y una narrativa donde muchos de los oradores terminaron hablando
más de programas sociales y transferencias económicas que del significado
jurídico, político e histórico de la soberanía nacional.
Presidentes municipales, gobernadores, senadores,
diputados, funcionarios y representantes de los tres poderes desfilaron por los
templetes. La mayoría repitió consignas sin profundizar en el tema de fondo.
Para muchos asistentes, la defensa de la soberanía terminó reducida a la
defensa de los programas sociales, una interpretación políticamente rentable, pero
conceptualmente pobre.
Durante abril y mayo, las asambleas todavía
mostraban una imagen de unidad. Morena, el Partido Verde y el Partido del
Trabajo aparecían juntos. Todos movilizaban gente. Todos “llenaban plazas”.
Todos compartían escenario.
PERO LA FOTOGRAFÍA COMENZÓ A CAMBIAR
En junio, julio y ahora agosto, particularmente en
la región oriente del Estado de México, aquellas concentraciones dejaron de ser
un acto de unidad nacional para convertirse en una competencia entre las
distintas corrientes internas de Morena.
Hoy ya no aparecen todos los aliados. Tampoco
todas las expresiones del partido. En cada municipio participa únicamente el
grupo político que controla el gobierno local y, con él, la estructura
administrativa y territorial capaz de movilizar miles de personas.
La soberanía nacional quedó relegada. Lo que
realmente comenzó a defenderse fue el territorio político.
Ahí aparece uno de los principales protagonistas
de esta historia: el senador Higinio Martínez Miranda.
Su organización política, Mexiquenses de Corazón,
mantiene influencia directa en administraciones municipales estratégicas como La
Paz, Ecatepec, Texcoco, Chimalhuacán e Ixtapaluca, además de conservar poca presencia
en Chalco y ampliar su radio de acción en Nezahualcóyotl mediante la
incorporación de nuevos liderazgos políticos emanadas del PRI.
En el otro extremo se encuentra el bloque
identificado con el secretario general de Gobierno del Estado de México, Horacio
Duarte Olivares, a través de las estructuras Somos Pueblo y Orgullo Mexiquense,
con presencia principalmente en Valle de Chalco, Chicoloapan y algunos sectores
de Nezahualcóyotl.
Las concentraciones ya no parecen diseñadas para
respaldar a la presidenta Sheinbaum ni para fortalecer el concepto de soberanía
nacional. Parecen, más bien, un ejercicio permanente para marcar territorio
entre dos proyectos políticos que entienden perfectamente que la elección de
2029 comienza mucho antes del arranque oficial de las campañas.
Quienes sostienen que estas movilizaciones
representan una nueva forma de hacer política olvidan la historia reciente del
Estado de México.
El viejo PRI perfeccionó durante décadas el
acarreo utilizando recursos públicos y estructuras gubernamentales. Antorcha
Campesina organizó concentraciones multitudinarias en Chimalhuacán e Ixtapaluca
para recibir a dirigentes nacionales desconocidos para la mayoría de los
asistentes, pero vitoreados como si fueran figuras históricas. Las visitas de
gobernadores priistas también llenaban plazas con beneficiarios de programas
sociales, trabajadores municipales y operadores políticos.
HOY, LA DIFERENCIA ES ÚNICAMENTE EL COLOR DE LAS
CAMISETAS
La importancia estratégica de esta disputa no es
menor. El grupo político de Higinio Martínez Miranda gobierna directamente seis
de los diez municipios incorporados al Plan Integral para la Zona Oriente, una
región que concentra más de 5.2 millones de habitantes, equivalentes
aproximadamente al 67 por ciento de la población total de esos municipios.
Del otro lado, el grupo de Horacio Duarte Olivares
mantiene influencia directa en apenas dos municipios, con poco más de 600 mil
habitantes, alrededor del 8 por ciento de la población considerada dentro del
mismo universo.
Los casos de Nezahualcóyotl, gobernado por Adolfo
Cerqueda Rebollo, y Tlalnepantla, encabezado por Raciel Pérez Cruz, mantienen
dinámicas propias y podrían inclinar la balanza hacia cualquiera de los dos
bloques cuando llegue el momento de definir respaldos.
LAS CIFRAS EXPLICAN BUENA PARTE DE LA BATALLA
De mantenerse esa correlación política, el grupo
encabezado por Higinio Martínez tendría influencia sobre un padrón superior a 1.5
millones de electores potenciales, una cantidad cercana al 40 por ciento de los
votos que históricamente podrían resultar necesarios para ganar la gubernatura
mexiquense.
No resulta extraño, entonces, que cada asamblea se
convierta en una demostración de fuerza.
En ese contexto, el Plan Integral para la Zona
Oriente también adquiere una dimensión política. Aunque los recursos públicos
son ejercidos por distintos órdenes de gobierno, los municipios beneficiados
representan el principal bastión electoral del Estado de México y, por ello,
cualquier liderazgo con presencia territorial busca capitalizar políticamente
su impacto.
La pregunta inevitable es si las asambleas siguen
defendiendo la soberanía nacional o si terminaron convertidas en plataformas
para la promoción de liderazgos internos.
Porque mientras los discursos hablan de
patriotismo, las estructuras cuentan asistentes, los operadores contabilizan
municipios, los liderazgos miden territorios y las corrientes internas afinan
estrategias para la verdadera disputa: la candidatura de Morena a la
gubernatura del Estado de México en 2029.
Al final, la soberanía permanece como el argumento
oficial. Pero el espectáculo político parece contar otra historia: la de una
competencia interna donde el objetivo ya no es defender a México frente a
amenazas externas, sino conquistar, conservar o ampliar parcelas de poder
dentro del propio movimiento gobernante.
Cuando una bandera nacional termina utilizándose
para medir quién llena más plazas y quién controla más municipios, deja de ser
una causa colectiva para convertirse en un instrumento de estrategia electoral.
Y quizá ahí radique la mayor paradoja: mientras el discurso habla de defender
la soberanía del país, la verdadera batalla parece librarse por la soberanía de
los grupos políticos sobre el territorio mexiquense.

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